La muerte

LA MUERTE DESDE LA CONSCIENCIA

Llego a la colina, me descalzo en sus faldas y me voy desnudando poco a poco mientras llego arriba, a mi habitación propia. Venus, en oposición a la luna me mira y asiente. Es como si me dijera: tira, tira.

¿Cómo se siente eso? Fuera de mi ni idea. En mi cuerpo, muy fuerte, una tristeza profunda en el corazón, hace ya días. Algo actual con regusto antiguo, puede que incluso con aliño ancestral. Por el camino voy soltando las prendas, se siente alivio, necesitaba dedicarme este espacio a mi. Aquí no hace ni frío ni calor, el fuego a tierra está encendido hace un rato.

Necesito despojarme de pensamientos, ruidos, voces, movimientos, propios y ajenos y entrar en refugio. En el refugio propio de lo que cada una es. Un lugar seguro donde sentir lo individual y también lo colectivo, a veces es tanto lo colectivo que también se viene aquí conmigo. ¿Cómo saber si lo que siento es mío? Cuanta desnudez, cuanta vulnerabilidad, cuanta rendición para permitir sentir, desaguar y no inundar nuestros cuerpos de muerte avanzada. Todo un mes sin permitirme venir aquí, sentir, vaciar. Un mes de ir tirando, de cuidarme cada día pero sin ir a profundo. Desde que la luna llena me coincide con la sangre, es difícil habitarme desde este lugar esos días y abrazar todas mis partes sintientes. Aunque este post no estaba planeado así, ninguno de ellos lo está, este menos.

A finales de octubre la Tierra entró en su muerte anual. Sincrónicamente Valencia se tiñó de muerte. Devastación. Pérdida. Dolor individual y colectivo. Para ser acariciada, vista, ayudada, amada por todas sus allegadas, cercanas y lejanas. Que no por quienes gobiernan. Sin importar quién o qué, un río de amor y cuido incondicional/elegido inundó de nuevo sus calles al día siguiente, y al otro, y al otro, y seguiremos inundándolas. Nuestras calles. Sus corazones. Nuestros corazones. Mi corazón. Tu corazón. [ Justo en el momento en que Venus abría el portal de restauración del Corazón. Sincronías. El misterio está vivo.]

El pueblo estará por mucho tiempo en dolor y en pérdida. Y será recordado para siempre. Esto acaba de empezar, su dimensión es tan grande que digerirlo necesitará mucho tiempo, mucha ayuda, mucho sentir, mucho amor, mucho acompañamiento, mucha escucha, mucha somática, para calmar sus mentes y cuerpos que están en modo supervivencia. Es evidente que catástrofes como esta es difícil de superar, casi imposible.

Mundos enteros se están ahogando en las aguas de todo el planeta. ¿El planeta llora desconsoladamente? ¿Qué nos dice eso? ¿Nos falta amor por regenerar, sentir, compartir, regar? La muerte nos visitó y nos visita. Y eso devasta por dentro, por fuera y colectivamente. Se siente como una apisonadora en el corazón, en el cuerpo, en el sentir, en el alma. ¿Cómo abrazar esto cuando sientes tanto? Cuando el cuerpo entero tiembla, llora, grita y a la vez sostiene otras vidas. La muerte nos ha visitado varias veces este año, vestida de varias formas. Y yo me pregunto, ¿Sentir tanto es posible? ¿Es mucho? ¿Cuánto es mucho? ¿Cómo se mide? No hay medida. Todo lo que entra necesita salir en algún momento, de alguna manera.

Mirar a la muerte a los ojos.

¿Se puede? Abrazarla, ¿Se puede? No lo sé. La propia la he sentido cerca varias veces y dentro de mi una vez, pero en aquel entonces, no la miré a los ojos por miedo. La metí en un hoyo, e intenté olvidarla. La muerte nos da miedo, nos contrae. Hace un tiempo, muchas lunas atrás, llegué a un estado de paz interior en el que entendí y acepté, que si mi muerte llega mañana todo en mi está bien. Y desde entonces me acompaña esta paz. Los que se van, han cumplido su misión aquí. Pero, ¿y los que se quedan? ¿dónde está el consuelo?

Hablar de la muerte es tabú.

Aún lo es. La muerte de un familiar, de un hijx en tu vientre o ya fuera de ti, de una parte de tu cuerpo, de tu cuerpo entero, de un proyecto, de una etapa, de un pueblo. No nos preparan para ello, para ninguna de estas muertes, da igual su envergadura. No se contemplan allí afuera. Hay que ser fuerte y seguir; cuanto menos sientas mejor, nos dicen desde pequeñas. Y entonces si obviamos este sentir morimos lentamente por dentro, si hacia afuera no podemos, se muere hacia adentro. Eso nos enferma y entonces sí que morimos, nuestros diminutos cuerpos no aguantan todo ese grandioso sentir atascado, colapsado, podrido dentro por tantos años, décadas... Nuestro cuerpo emocional es tan importante como el físico, mental, espiritual…

¿Cómo cortar con esto? ¿Cómo volver a incluir la muerte en nuestra rueda de la vida-muerte-vida?

Desde la infancia.

LA MUERTE PRESENTE DESDE LA INFANCIA

Hablar de la muerte, vivir la muerte. Acompañar procesos de duelo desde la infancia. Los infantes son más sintientes e inteligentes, emocionalmente también, de lo que creemos. Son en realidad, nuestros maestros. Vivir la muerte con ellos requiere presencia, amor, tiempo. Tiempo para que salga y se asiente todo. Y ese tiempo es el que no nos dedicamos. Por seguir corriendo detrás de ves a saber qué, que se supone nos dará felicidad un día. Y olvidando así nuestros procesos y los suyos la sociedad infantil enferma ya desde pequeños. Saber qué orden ocupan en su clan es primordial. Yo antes que mi mayor tuve un aborto natural. Por lo tanto ella no es la primera, es la segunda. Y luego va su hermana que es la tercera, y el último es el cuarto. Que lo sepan, que pregunten y mantener esas conversaciones les hace bien. Y a nosotras también. Que sepan de sus familiares que ya no viven aquí entre nosotros. De sus abuelos, bisabuelos, tatarabuelos… De sus raíces, de dónde venimos…

¿Qué pasa cuando vivimos una muerte sin prepararnos?

Es como si nuestras raíces fuesen arrancadas, podemos llegar a sentir algo así como… ¿Qué hago aquí? ¿Si la vida es esto no lo creo? Y llega la oscuridad. ¿Dónde está ese sostén, ese consuelo, esa contención? ¿Cómo volver a confiar en la vida? ¿Cómo volver a aflojar el cuerpo? Cuando una planta es arrancada de la tierra muere poco a poco. Puede pasar, que alguien pase por ahí y la acomode con amor en un lugar resguardadito. Puede que otro alguien la vea y la riegue un poquito y otro le hable. Y esa planta poco a poco vaya enraizando de nuevo con el tiempo. Ella sola va sintiendo el calor del sol, la nutrición de la tierra, la fe en que siempre acaba lloviendo un poco o que el rocío llega cada madrugada, siente también la compañía de otras plantas que están cerca. Ese renacer y acoplarse a un nuevo lugar no está siendo fácil. Puede que recuerde ese anterior lugar donde creció y a veces sienta no pertenecer ni aquí, ni allí. Y ese nuevo renacer, crecer, a veces se sienta muerte, a veces se sienta vida, a veces se sienta una mierda bien grande, o un regalo. ¿Podría sentirse como un regalo? Con el pasar del tiempo podría.

MUERTES FÍSICAS, MUERTES SIMBÓLICAS. TODAS ELLAS MUERTES.

Desasosiego, rabia, tristeza, soledad, injusticia, cabe sentirlo y necesitamos gritar, llorar, patalear, romper una vajilla entera y/o salir corriendo. Lo que necesitemos, está bien. ¿Cómo sacar de este cuerpo tan pequeño algo tan grande? ¿Cómo crear el espacio, el silencio, la soledad, la intimidad, la seguridad para dejar morir partes de nosotras? La muerte simbólica es dejar ir partes de nosotros que nos han servido durante un tiempo y que ya no nos permiten evolucionar. Un traje que era a la medida y nos ha quedado pequeño o, simplemente, no va más con la forma en que queremos vivir.

Y qué difícil es dejarnos morir cuando vivimos en un corre que te pillo, en un hogar lleno de personas (en el mío somos 2+3 ), en un sistema donde se premia la velocidad en todo, los logros pisando a los de al lado, la falsa sonrisa, la copia, el culto a lo externo a nosotras. A veces se siente que se espera de nosotras que seamos versiones que ya fuimos o nunca seremos porque no las deseamos habitar, donde lo nuestro no tiene cabida, no es abrazado, visto ni amado. O incluso se nos pueda decir abiertamente que no gusta una de nuestras partes. Está bien. Cuando entiendes que eso dice mucho de los demás a los que les duele ver nuestras nuevas versiones, quizá somos algo que no pudieron ser o no se atreven a ser. Y dice mucho más de nosotras, permitirnos ser. Cuidándonos siendo la mejor versión para nosotras mismas.


Si no, ¿Qué queda? ¿Qué queda?

Quedamos nosotras. Las personas individualmente.

Yo para mi. Yo responsabilizándome desde el amor de mi.

Tu para ti. Tu responsabilizándote desde el amor de ti.

En un viaje de responsabilidad individual, donde abrazar cada una lo que es de ella. Hasta llegar al punto de hacer de ti misma un altar. Vuelvo…

HASTA LLEGAR AL PUNTO DE HACER DE TI MISMA UN ALTAR

Un altar donde descansar por fin. Un altar donde no hay juicio y no hay prisa en sentirte, mirarte y amarte tal cual eres. Un altar donde refugiarte en el duelo. En el duelo de la muerte. Y siempre. En la alegría también. Y en todos los colores que hay entre medio.

Cuando por fin encontramos este altar en nosotras. Este refugio y lo cultivamos responsablemente a diario. Cuando nos permitimos sentir más a menudo porque sabemos que sino colapsamos. Cuando nos regalamos ese propio cuido, no solamente físico, que también, sino del alma. De ir dejándola expresarse a través del cuerpo. De permitir que los nudos de la garganta te habiten, para luego darles también espacio para deshacerse escribiendo, hablando, cantando. Para que el corazón roto llore, para poder recomponerse. Que el cuerpo sienta, desagüe, para luego entrar en calma.

Y desde esa calma. Esa nueva y distinta calma recordar (volver a pasar por el corazón), quizá, el poder que tenemos dentro de nosotras. De morir y renacer en nosotras desde una paz elegida, si nos lo permitimos.

MORIR Y RENACER DESDE UNA PAZ ELEGIDA

¿Cómo es eso? ¿Cómo podríamos esbozarlo?

La propia vida es en si el ciclo de vida-muerte-vida. Cada mañana nacemos, para dejarnos morir por la noche. Las mujeres en edad fértil cada mes nacemos al terminar de menstruar, para dejar morir una parte nuestra al inicio de la siguiente sangre. En la naturaleza lo vemos, cada otoño el planeta Tierra entra en su fase de muerte. Los árboles caducos poco a poco cambian de color, pierden sus hojas que junto a las plantas quemadas por el sol del verano se transforman en su propio compost, en nueva tierra nutritiva. Albergando bajo esta propia capa de compost, las semillas que soltaron justo antes de su muerte. Y allí ellas, las semillas, esperarán la temperatura, humedad y luz necesaria para su renacer. ¿Tienen prisa? No. Quizá las nuevas semillas, ocultas ahora bajo la tierra, en la oscuridad, no ven nada, no entienden nada, solamente son y confían. Para ellas es algo así como descanso y fe. Pero para las plantas más antiguas o árboles, hay esa sabiduría. Ellos saben ya de las estaciones. Es cíclico. Es una ciclicidad en espiral, pues cada año llega el otoño, pero nunca será como fue, es un otoño distinto, uno nuevo. Uno en el que podemos elegir como vivirlo, como cada día cuando despiertas o cuando vas a dormir. Tenemos la suerte de poder elegir conscientemente cómo deseamos hacerlo.

¿Podemos entrar en muerte simbólica cuando lo necesitemos? Podemos. Entrar en ella y descansar en nosotras es sagrado.

Cuando empezamos a sentirlo dentro. La vida sigue pasando y seguirá atropellándote si la dejas. Pero no. Yo, tu, todxs, necesitamos parar, entrar en invierno y sentir. Es mejor arder en llamas ahora antes que callar y enfermar. No necesitamos a nadie que nos salve, somos nuestro propio salvavidas, si recordamos cómo. Sí, necesitamos que alguien nos recuerde cómo. Nos enseñe cómo. Y recuperar nuestra soberanía. Y traspasar esta sabiduría.

MI CUERPO, MI TEMPLO, MI ALTAR

Cuanto más te permites conocerte, más fácil es saber cuándo y cómo somatizar el sentir en el cuerpo. Si hay algo que siempre tenemos: es nuestro cuerpo. Él siempre está. Amarnos en soledad, entrar en él, hasta el final. Merecemos vivirnos desde aquí. Hoy para mi ha sido un día de estos. Un día de escucha profunda, de usar las herramientas que a mi me sirven para somatizar todo lo sentido y sacarlo. Escribir en libretas, escuchar y cantar música que me acompaña al descenso, llorar, seguir descendiendo, abrazar esa densidad, una ducha calentita, quedarme en ella un rato. Traspasar capas y capas. Tomar el sol, pies en la tierra. Meditar para verlo todo con cierta distancia desde la calma. Abrazar mi cuerpo, masajearlo, sentirme en presencia, agradecerle y agradecerme. Seguir descendiendo y llorando. A veces una baila, corre, toca el tambor o grita. Está bien. A veces, fotografiarnos y reconocernos, o no, en esas fotografías, nos revela mucha información, en esto entraré poco a poco más adelante… Una sesión de yoga nidra de mi amiga Maga, para acabar de descender, encontrar respuestas en la liminalidad… es un regalo. Habitar ese espacio, ese cuerpo y sentir desde la c·alma (con alma). Recibirme con amor. Abrazar eso. Restaurar mi mirada hacia mi y hacia ti. Y con todo este proceso de cuido, de templo, de santuario como describió Paloma hace unos días; ponerme a escribir todo esto con los pies de nuevo en La Tierra. Para que si te sirve lo hagas tuyo a tu manera, a tu ritmo, con todo o con nada. Y ser amable, hay procesos que necesitan días, semanas, meses.

A veces hay que ir con todo. A veces con un poco basta. Conocerse es la llave.

Lo que vendrá en el mañana será grandioso seguro.

Para poderlo dejar entrar, abrazar y gozar, primero hay que dejar salir.

Yo me cuido para mi, que a la vez es para ti y es para el mundo, para una nueva era. En la que justo hoy entramos. La era de acuario, plutón en acuario por 20 años, caen estructuras antiguas que ya no nos valen y abre paso a nuevas (o antiguas y ancestrales) formas: a la humanidad, al amor, al colectivo, a cocrear. Una era en la que la frecuencia, la energía y la consciencia reinarán en lo interno de cada una. Nuestros vínculos serán el reflejo de ello.

“Nuestra vida es demasiado breve para que la pasemos explotándonos los unos a los otros.

Tenemos justo el tiempo para amarnos», citaba mi amiga Olga hace unos días. (no encontré su origen)

El pueblo salva al pueblo. Relaciones horizontales. Círculo.

Cuanta sincronía.

Valencia.

El Ojo de Venus

PD: Para mi propio altar, fotografías como ésta hacen recordarme, sentirme, honrarme. Cada paso. Cada ciclo. Cada capa. Cada permiso.

Gracias T.

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